“The Tingler” y el uso de la LSD en psicoterapia

Dirigida por William Castle, autor de algunos títulos que nos sonarán más por sus remakes contemporáneos que por las cintas originales, como “13 fantasmas” o “House on Haunted Hill”. “The Tingler” fue un éxito de taquilla a finales de los 50 gracias a la originalidad de su puesta en escena en los cines más que a la calidad del filme.

 

Título: The Tingler

Año: 1959

Director: William Castle

Guión: Robb White

Género: Terror serie B

Duración: 82 min

Reparto: Vincent Price, Judith Evelyn, Darryl
Hickman, Patricia Cutts, Pamela Lincoln, Philip Coolidge.

 

 

 

 

 

 

Para los amantes del género B, “The Tingler” resultará una película perfecta y no decepcionará en absoluto ya que contiene todos los elementos para hacer de ella un clásico entre los clásicos de este subgénero, actores que no podrían sobreactuar más aunque se lo propusieran, situaciones descabelladas y totalmente inverosímiles y un guión más que simplón pero con sangre “para llenar una bañera”.

 

El argumento es sencillo, el Dr. Chapin (interpretado por Vincet Price) es un científico que descubre que la causa de los escalofríos generados en las situaciones de pánico es una extraña criatura con forma de ciempiés que habita en la espina dorsal de los seres humanos (que apoda como “The Tingler”) y que crece según nuestro miedo aumenta al nutrirse de nuestras sensaciones.

 

La primera parte de la cinta transcurre básicamente a través de una serie de escenas totalmente innecesarias para presentar a los personajes, rellenar algo de metraje y retrasar la aparición de la terrible criatura. Una vez llegados a este punto, andamos preguntándonos si aparecerá el dichoso ciempiés o no, hasta que éste hace acto de presencia y el espectador se replantea si (para mostrar un gusano de goma amarrado a un hilo) no habría sido mejor no mostrar nada. Tras la esperada aparición de la criatura y ante la aparente falta de recursos que el guionista seguramente tuvo que afrontar (Robb White debía estar preguntándose, ¿y ahora qué hago?, pues que quede libre y aterrorice al vecindario ¿por qué no?) el terrorífico ciempiés de goma escapa, sembrando el pánico allá por donde aparece.

Pero, si la trama es tan pobre y las interpretaciones tan planas, ¿a qué se debió la notoriedad que obtuvo esta cinta allá por los años 60? ¿Es acaso porque aunque nos parezcan ridículos los efectos especiales de los 50, eran avanzados para la época? No lo creo. El principal aliciente fue que el director, más que crear una obra de arte, quería ofrecer al espectador una exibición de cine interactivo.

Cual “Avatar” de los años 60, la película se publicitaba como innovadora en cuanto a que en los cines en los que se proyectara se instalarían dispositivos vibradores (Perceptos) bajo algunos de los asientos (con lo que no sabías si te iba a tocar o no), los cuales se activarían al aparecer en pantalla la criatura gusaniforme, simulando el ataque de la susodicha y permitiendo a la audiencia experimentar las mismas sensaciones que los protagonistas del filme.

Para darle algo más de credibilidad a la bizarrada que los espectadores se disponían a experimentar, el propio director aparece en pantalla al comienzo de la película al más puro estilo Rod Serling para presentarnos la cinta y advertirnos de que, para protegerse de los ataques de “The Tingler”, es preciso que al sentir las vibraciones el espectador grite para debilitar a la criatura y hacerla huir. Como si esto no fuera poco, ambulancias ficticias esperaban a la salida de los cines en caso de que algún espectador tuviese que ser atendido por un ataque de pánico y para no dejar esto último a la suerte, un par de actores se mezclaban entre el  público en cada sesión gritando de terror y escenificando desmayos ante la aparición del ciempiés para ser atendidos posteriormente por los falsos enfermeros.

Pero desde luego, William Castle no se parece en los más mínimo a Rod Serling y “The Tingler” lejos de poder compararse con alguno de los capítulos de “The Twilight Zone”, recuerda más a un episodio de “Tales from the Crypt”.

De todos modos, a mí me encanta la idea de los vibradores en los asientos y la infraestructura de falsas ambulancias e infiltrados en el público, aunque me recuerda en cierta manera a esos cutres pasajes del terror en 3D que venían a las ferias de mi pueblo, algunos de los cuales presentaban tal nivel de realismo que incluso salpicaban agua en algunas escenas.

Pero el motivo por el cual “The Tingler” se encuentra en este apartado, es nada más y nada menos que se trata de la primera mención de la LSD en el mundo del celuloide. Todo surgió a raíz de que Robb White, el guionista de esta obra de arte, había experimentado con LSD en la Universidad de California después de haber oído comentarios sobre ella por parte de Aldous Huxley.

 

La idea que muestra la película es bastante curiosa para nuestros días aunque no lo fuera tanto para la época como veremos a continuación. La LSD lejos de ser una sustancia placentera promotora de alegres y coloridas alucinaciones, es un medio de inducir clínicamente estados psicóticos.

El primer psiquiatra en probar la LSD fue el Dr. Werner Stoll, hijo de Arthur Stoll, dueño de la compañía Sandoz. Su estudio fue publicado en 1947 en la revista Swiss Archives of Neurology bajo el título “LSD, ein Phantastikum aus der Mutterkorngruppe” (LSD, un alucinógeno del grupo del ergot) y en él ya se sugería que la LSD provocaba alteraciones en la percepción, alucinaciones y pensamiento acelerado.

Tras esto, la primera prescripción que Sandoz estableció para la LSD, comercializada bajo el nombre de Delysid, fue como inductor de estados psicóticos y/o herramienta en psicoterapia analítica para liberar material reprimido y propiciar la relajación mental del paciente. La salida al mercado de Delysis-25 marcó el comienzo de la utilización de la LSD en terapias psicológicas, las cuales se desarrollarán de forma diferente dependiendo.del lugar en que éstas fueran aplicadas.

Probablemente los primeros estudios académicos sobre la LSD que alcanzaron cierto prestigio en América se los debamos a Humphry Osmond y John Smythies, los cuales en 1951 realizaron una serie de experimentos en el Hospital para enfermos mentales de Weyburn en Saskatchewan. Su tratamiento de la LSD se convirtió en una pauta a seguir en el resto de estudios que se realizarían posteriormente en América. Denominada terapia psicodélica (psico-mente, delia-manifestación) la terapia se basaba en la administración de grandes dosis de LSD a los pacientes con el objetivo de inducir en ellos estados psicóticos. El objetivo final del experimento era el de mostrar a un grupo de alcohólicos como podría llegar a ser su percepción de la realidad si persistían en sus conductas de abuso del alcohol. Sorprendentemente lo que descubrieron fue que las visiones producidas por la LSD, lejos de aterrorizar a los pacientes, les complacían y les ayudaban a plantearse los motivos de su adicción, llevándoles en algunos casos a dejar la bebida.

Al otro lado del charco la LSD fue utilizada de forma radicalmente distinta. Si los canadienses y estadounidenses administraban grandes dosis de LSD a los pacientes, la puritana Europa tendería hacia el empleo de esta sustancia de una forma más moderada. En el viejo continente el modelo se basó en lo que se denominó terapia psicolítica, mediante la cual dosis reducidas de LSD eran administradas a los pacientes con objeto de reducir las defensas psicológicas de los mismos y mejorar la comunicación médico-paciente, permitiendo a éste último acceder a recuerdos y estímulos reprimidos. Uno de los ejemplos que más fama internacional alcanzó fue las clínicas establecidas por el Dr. Ronald Sandinson en Gran Bretaña en las cuales se trataba mediante terapia psicolítica, junto con otros medios como terapia artística o musical, a pacientes con depresión o neurosis en los cuales los métodos convencionales habían resultado fallidos.

En la España franquista también hubo cierta experimentación con LSD en el ámbito de la psicología. Uno de los métodos en boga allá por los 50 era el denominado “psicodrama” en la que se forzaba al paciente a revivir ciertas situaciones mediante recreaciones teatrales. Dentro del grupo de investigadores que desarrollaron este método en España destaca el grupo de investigación de la Universidad de Granada liderado por el profesor Rojo Sierra que implementó el uso de LSD junto al mencionado psicodrama en pacientes con trastornos obsesivos, obteniendo resultados favorables en el caso particular de trastornos de obsesiones por anomalía del pensamiento y masturbación compulsiva.

Una vez que la LSD fue declarada ilegal en los Estados Unidos, una ola de prohibicionismo recorrió el resto de países, acabando con toda experimentación en cualquier campo en torno a esta sustancia.

Con este breve repaso a los diferentes tipos de terapia podemos ver con más claridad cuál era el contraste de percepciones sobre la LSD en Europa y América y vemos como la idea del filme resulta bastante parecida a la aproximación norteamericana y resulta bastante distante de la europea.

Tras esto, ya sólo me queda despedirme y desear a todo el que se proponga ver “The Tingler” mucha suerte.

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¿Qué dice la gente?
  1. […] mental fue un tema recurrente en los años 60. Es interesante destacar algunas películas como “The Tingler” (1959) y su relación con la LSD, o series de televisión como la celebérrima “The Twiligh […]



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