Políticas de prohibición y estigma (I)

El asunto del opio en el sudeste asiático

Para entender cómo hemos llegado hasta la situación actual en la que la “guerra contra las drogas” domina el discurso político en tema de sustancias psicoactivas necesitamos retroceder hasta los comienzos de las políticas antinarcóticos para poder entender las razones que motivaron esta prohibición.

Amapolas

 

Desde finales del siglo XVI, los ingleses junto con otros imperios occidentales, entre ellos España, comenzaron un intenso intercambio comercial desde sus colonias en América y en el sudeste asiático con el imperio chino en su afán por satisfacer la demanda por parte de la metrópoli de productos orientales  como té, seda y porcelana. Por su parte, el imperio chino intentó limitar el contacto con las potencias occidentales restringiendo el comercio al puerto de Cantón y poniendo trabas a la entrada de productos occidentales. De este modo, China consiguió que los galeones procedentes de Manila trajeran más plata que la que entraba en el país a través de la ruta de la seda.

Esta situación no era realmente favorable para el imperio británico, el cual, con intención de compensar la balanza comercial, comenzó, de forma paulatina, a implementar un sistema de contrabando de opio desde la India hacia China hasta tal punto que, a principios del siglo XIX lo que fue déficit comercial ya se había tornado en superávit.

Importaciones chinas de Opio (1650-1880) Fuente: Wikipedia

Importaciones chinas de Opio (1650-1880) Fuente: Wikipedia

 

El gobierno de China intentó frenar este contrabando aumentando los controles a los comerciantes británicos, confiscando todo el opio que podían encontrar y destruyéndolo. Por su parte, los comerciantes ingleses comenzaron a pedir responsabilidades por el valor de los productos decomisados y ante la negativa del imperio chino a recompensar a los comerciantes por los productos decomisados, el gobierno británico decidió intervenir a favor de los contrabandistas dando lugar, en 1839, a la llamada “Primera Guerra del Opio”.

Curiosamente, uno de los principales promotores de esta guerra contra China fue un traficante de opio llamado William Jardine, el cual fundó la empresa Jardine-Matheson (Jardines) que aún a día de hoy mantiene la flor de la amapola como logotipo de empresa.

Jardine_Matheson_Holdings_logo.svg

En 1842, el imperio chino decidió rendirse ante los británicos y ambos bandos dieron termino a la contienda con la firma del “Tratado de Nankin”, el cual imponía duras condiciones al imperio chino, incluyendo la apertura de cinco puertos al comercio con el imperio británico, el pago de reparaciones de guerra y la cesión de Hong Kong.

En 1856 estalla la “Segunda Guerra del Opio”, la cual se prolonga hasta 1860 y termina, de nuevo, con la victoria de las potencias occidentales (Francia, Reino Unido, el Imperio Ruso y Estados Unidos, esta vez). El termino de la guerra fue decretado con la firma del “Tratado de Tianjin”, que forzaba la apertura de otros once puertos chinos al comercio exterior, la admisión de delegaciones extranjeras en Pekín, la entrada de misioneros cristianos en el país y la legalización de la importación de opio.

 

Profitant de la circonstance, pour engager les Chinois à se payer pour deux cent millions d'opium (Honoré Daumier)

Caricatura de Honoré Daumier sobre la primera guerra del opio publicada en Le Charivari el 29 de Diciembre de 1858. Fuente: Brandeis Institutional Repository

 

A finales del siglo XIX, entre el 10 y el 50% de los beneficios obtenidos de las colonias occidentales del sudeste asiático provenían del comercio de opio. Para controlar este comercio, muchos gobiernos coloniales optaron por controlar de forma directa su producción y distribución, así, por ejemplo, el gobierno holandés fundó el llamado “Opium Regie” en 1894, como parte del monopolio estatal del opio, con el objetivo de mejorar la producción de esta sustancia así como garantizar su distribución y acabar con el mercado negro.

La situación llegó a tal punto que en la zona de Singapur los trabajadores chinos eran pagados en opio. Y no todo era puro vicio, los efectos astringentes de esta sustancia ayudaban a combatir los síntomas de la disentería, sus efectos anestésicos ayudaban a los obreros a lidiar con trabajos mal pagados en condiciones inhumanas, así como paliaba de forma parcial los efectos de la fiebre producida por la malaria, una enfermedad muy común en la zona.

El gobierno español también contó con granjas estatales de opio y una vez que la colonia pasó a ser propiedad de los Estados Unidos de América tras la guerra de Cuba, estos tuvieron que tomar una postura al respecto entre las posturas prohibicionistas y legalistas.

Una de las primeras medidas del gobierno estadounidense tras hacerse con el control de Filipinas fue desarticular la granja estatal previamente administrada por el gobierno español, instaurando en su lugar un sistema de impuestos sobre el comercio del opio. La actitud del gobierno comenzó a cambiar una vez que los misioneros americanos que llegaban de China se involucraron en el asunto, clamando por la abolición de lo que consideraban un “vicio inmoral propio de los chinos”. Aún así, la respuesta del gobierno se mantuvo a favor de la tasa impositiva como única medida de control. El gobernador de Filipinas, William Howard Taft escribió en 1903:

“Los chinos son gente trabajadora, tranquila y respetuosa con la ley y esto muestra que la mayoría de ellos son moderados a la hora de fumar [opio] meramente como un sedante y sus efectos no son, probablemente, peores que los producidos por el hábito de beber licor de los americanos”.

Durante el gobierno español, la producción y distribución de opio había corrido a cargo del gobierno y su venta estaba restringida a los inmigrantes chinos. Sin embargo, durante el gobierno norteamericano el sistema de impuestos favorecía el acceso al opio a otras etnias al no haber un control directo sobre la venta. El gobernador Taft  matizó que tras la adquisición de la colonia se había producido un aumento del consumo entre “chinos, moros y filipinos”, lo que incrementó las quejas de los misioneros y motivó que estos comenzaran una campaña de propaganda y correspondencia dirigida a los gobernadores estadounidenses, organizada tanto desde la colonia como desde las iglesias evangélicas americanas, en la que se recogieron firmas pidiendo que se impusiera la prohibición del consumo de opio en la colonia.

En respuesta, en 1903 el gobierno de Filipinas organizó una comisión, dirigida por el obispo de Filipinas, Charles Henry Brent, para determinar la efectividad de los medios de control de consumo de opio en las colonias de la zona. Estas políticas de control fueron valoradas de forma exclusiva en su capacidad para mantener a los habitantes de la colonia apartados del consumo de opio. Uno de los puntos del informe también proponía la organización por parte de los Estados Unidos de una conferencia para debatir sobre las políticas de control de opio en la región del sudeste asiático con un énfasis en intentar promover la adhesión de estos países a la causa prohibicionista.

El informe de la comisión dirigida por el obispo Brent salió a la luz en 1905 y tras darse a conocer la postura crítica de este comité, la opinión oficial cambió drásticamente; incluso los oficiales que previamente defendieron la distribución de opio como algo aceptable (principalmente motivados por los beneficios económicos que otenían tanto de forma directa como indirecta) cambiaron su discurso para adaptarlo al de los misioneros. El informe criticaba con dureza la permisividad del resto de gobiernos coloniales, y su impacto marcó una importante transición entre el estado previo, en el que los Estados Unidos intentaron mantener una política similar a la impuesta en la zona por el resto de potencias occidentales, a la posición de superioridad moral que mantienen a día de hoy, en la que no sólo pretenden legislar en sus zonas de gobierno sino que intentan imponer su modo de acción considerándose como un modelo a seguir.

Según Anne Foster, los activistas anti-opio esperaban que la ilegalización del opio forzara a los inmigrantes chinos a abandonar las colonias y volver a China. La estrategia de los misioneros para realizar la transición desde una percepción del opio por parte de la sociedad neutral hasta generar el estigma que necesitaban fue centrarse en la asociación entre el consumo de esta droga y el rechazo que desde mediados del siglo XX existía hacia los inmigrantes chinos que llegaban en grandes cantidades tanto a las colonias como a los Estados Unidos tras el desastroso estado económico en el que quedó China tras la primera Guerra del Opio. Estos inmigrantes chinos eran percibidos generalmente como elementos extraños  que no conseguían integrarse en otras culturas, extranjeros que no pertenecían a la nación y que robaban el trabajo a los americanos en su propio territorio, por lo que la ilegalización del consumo de opio, en especial en su forma fumada, solo afectaría a estos sujetos y no al resto de ciudadanos de bien. De hecho, para los activistas anti-chinos el consumo de opio representaba un claro ejemplo de cómo estos inmigrantes no sólo no tenían intención de adaptarse a la forma de vida norteamericana sino que intentaban corromperla, atrayendo a jóvenes blancas a los antros de perdición que supuestamente eran los fumaderos de opio, donde acabarían cayendo en la adicción y convirtiéndose en esclavas sexuales.

La campaña contra los inmigrantes chinos estuvo financiada y apoyada por importantes figuras de la sociedad americana, como William Hearst (quien también tendría un papel importante, en la criminalización de la marihuana a través del rechazo hacia los inmigrantes mejicanos), quienes promovieron toda una serie de campañas en los medios para asociar el consumo de opio con el “terror amarillo”.

El rechazo hacia los inmigrantes chinos llegó a tener una importante manifestación institucional y de nuevo, la instrumentalización del opio fue uno de los puntos clave del programa anti-chino como bien resalta Escohotado en su Historia General de las Drogas.

En 1875, la alcaldía de San Francisco publicó un bando prohibiendo fumar opio en fumaderos, práctica casi exclusiva de los inmigrantes chinos e intelectuales bohemios. Y de forma más específica, sólo dos años más tarde, el congreso californiano declaró ilegal la importación de opio por “parte de chinos”.

El movimiento sindical también jugó un papel importante en la estigmatización de esta minoría ya que veían a los chinos como una amenaza para que los trabajadores blancos mantuvieran sus puestos de trabajo y en 1902, H. Gustadt y S. Gompers, dos importantes líderes sindicales, pulicaron un panfleto titulado “Algunas razones para la exclusión de los chinos” que decía:

“Los chinos inducen a los niños a convertirse en diabólicos opiómanos. Es demasiado horrible imaginar los crímenes que cometen con esas inocentes víctimas los viles amarillos […] Hay miles de muchachas y muchachos americanos atrapados por este hábito mortífero, que están condenados, condenados irremisiblemente, sin sombre de posible redención”.

 

Viñeta de propaganda anti china publicada el 18 de Noviembre de 1877 en The Wasp y titulada "The Equal of Persons Gibson and Loomis". Fuente: Thomas Nast Cartoons

Viñeta de propaganda anti-china en la que se muestra a los inmigrantes chinos como elementos peligrosos de la sociedad (y se les describe como sucios fumadores de opio) publicada el 18 de Noviembre de 1877 en The Wasp y titulada “The Equal of Persons Gibson and Loomis”. Fuente: Thomas Nast Cartoons

 

La imagen tan extendida de los fumaderos chinos como antros lúgubres y sucios donde se aprovechan los efectos de la droga para robar o atacar al indefenso fumador parece ser también fruto de la misma campaña de difamación contra los chinos. Este contraste entre imaginería popular y realidad quedó bien plasmado en “El antro chino” que se enmarca dentro de una serie de relatos cortos que W. Somerset Maugham escribió tras un viaje a través de China en 1920 (y que encontré gracias al compañero Alejo Alberdi).

“El escenario resulta impresionante. Está vagamente iluminado. La habitación es miserable y de techo bajo. En un rincón arde misteriosamente una lámpara delante de una imagen espantosa y el incienso llena el teatro con su exótico olor. Un chino con coleta va de un sitio a otro con un aire indiferente y melancólico, mientras en sórdidos camastros yacen semi inconscientes las víctimas de la droga. De vez en cuando, alguna de éstas delira frenéticamente. Cuando entra algún infeliz que no puede pagar la satisfacción de su vicio, se produce una escena de gran dramatismo porque con plegarias y maldiciones implora del villano propietario una pipa que calme su angustia. También he leído en algunas novelas descripciones que me erizaron los cabellos. Y cuando me llevó a un antro de opio un eurasiano de hablar suave, la estrecha y tortuosa escalera que tuve que subir para llegar a él me preparó suficientemente para recibir la impresión que esperaba. Me hicieron pasar a una habitación bastante limpia, vivamente iluminada y dividida en cubículos, con una parte del suelo levantada y cubierta con una estera limpia que hacía las veces de diván. Sobre una de ellas un señor de edad madura, pelo gris y manos aristocráticas, leía tranquilamente un periódico con la larga pipa al lado. En otro, dos “coolies” estaban tumbados con la pipa entre ellos y la preparaban y fumaban alternativamente. Eran jóvenes de aspecto simpático y me sonrieron amistosamente. Uno de ellos me ofreció fumar una pipa. En el tercero, cuatro hombres sentados en cuclillas jugaban al ajedrez y, un poco más lejos un hombre mecía a un niño -el inescrutable oriental tiene pasión por los niños- mientras la madre de la criatura, que yo supuse sería la esposa del dueño, lo contemplaba con una sonrisa. Era un sitio alegre, cómodo, hogareño y agradable. En cierta forma me recordó las pequeñas e íntimas cervecerías de Berlín a donde acuden por las noches los cansados trabajadores para pasar tranquilamente una hora. Muchas veces la ficción no se ajusta a la realidad”.

 

Viñeta anti-china "San Francisco Chinatown Opium Den" publicada alrededor de 1870. Fuente: DrugLibrary.com

Viñeta que muestra un supuesto fumadero de opio chino titulada “San Francisco Chinatown Opium Den” publicada alrededor de 1870. Fuente: DrugLibrary.com

 

La influencia de la religión en esta cruzada anti-droga es bien evidente en el lenguaje que sus promotores utilizaron, un lenguaje que acabó siendo adoptado incluso por aquellos que apoyaban la causa por motivos menos enfocados hacia el ámbito moral y más interesados en el aspecto económico. Como documentó Escohotado, la Asociación Farmacéutica Americana declaró que “las drogas pueden destruir el alma” mientras que la Asociación Médica hizo alusión al “diabólico comercio de drogas” a lo que el lobby prohibicionista, como agradecimiento, reconoció que “el poder de los fármacos resulta divino cuando, sin intromisiones, son dispensados por terapeutas responsables”. El interés por los estamentos médicos y farmacológicos en aumentar los controles sobre estas sustancias es evidente, la automedicación les privaba de una gran cantidad de pacientes que, de no poder recurrir al boticario para calmar sus dolores y ansiedades, tendrían que limitarse a los fármacos que estos controlaban y preparaban (muchos de ellos todavía con porcentajes significativos de estos alcaloides).

 

"El terror amarillo en toda su gloria". Caricatura de 1899 en la que se muestra a un inmigrante chino con una pistola en una mano y una antorcha de opio en la otra, mientras una joven blanca yace a sus pies. Fuente: Wikipedia

“El terror amarillo en toda su gloria”. Caricatura de 1899 en la que se muestra a un inmigrante chino con una pistola en una mano y una antorcha de opio en la otra, mientras una joven blanca yace a sus pies. Fuente: Wikipedia

 

En 1906, el gobernador de Filipinas, William Taft, rectificó y declaró:

“Estoy de acuerdo con el obispo Brent en que la cuestión del opio en China es una de las más importantes en el desarrollo de la civilización China y oriental”.

Finalmente, en 1908, los Estados Unidos prohibieron el consumo de opio en Filipinas, seis años antes de que ocurriera lo mismo en la metrópoli, sirviendo la primera como campo de pruebas para culminar con lo que será la primera política anti-droga del gobierno estadounidense.

En 1909, Roosevelt aceptó la propuesta de organizar y patrocinar la primera conferencia internacional para tratar el asunto del opio en el sudeste asiático, la denominada Comisión Internacional del Opio o Comisión del Opio de Shanghai (“Shanghai Opium Commission”), presidida, entre otros, por el ya mencionado obispo Brent. Las autoridades británicas y holandesas aceptaron la invitación a esta conferencia con la condición de que uno de los puntos a tratar fuera el hecho de que las grandes remesas de opio clandestino que se importaban desde China, de las cuales no obtenían ningún beneficio, hacían prácticamente imposible la prohibición de su consumo en la zona.

Irónicamente, China aceptó participar en la conferencia y tuvo que sentarse a discutir sobre el consumo de opio en el sudeste asiático con los países que habían sido los principales exportadores de esta sustancia en la región tan sólo un par de décadas atrás.

Reportaje del New York Times sobre la Conferencia del Opio de Shanghai. Fuente: CINARC (Nótese el alarmismo del titular usando la palabra guerra para  referirse a la campaña contra el opio)

Reportaje del New York Times sobre la Conferencia del Opio de Shanghai (nótese el alarmismo del titular al usar la palabra guerra para referirse a la campaña contra el opio). Fuente: CINARC

El resultado de esta conferencia fue una victoria en la batalla por dominar el mercado del opio en oriente para los Ingleses y Holandeses, ya que, gracias a que no se estableció una fecha exacta para cesar este comercio el consumo de opio siguió siendo legal en las colonias del sudeste asiático hasta la segunda guerra mundial, y lo que es más importante, en una victoria en términos de propaganda para los Estados Unidos, que finalmente impusieron su retórica hegemónica, consiguiendo que ninguna autoridad que quisiera mantener su reputación defendiera de forma pública el consumo de opio.

En 1908 los Estados Unidos prohibieron la importación y el consumo de opio en las Filipinas, convirtiéndose en la primera potencia que lo hacía en las colonias del sudeste asiático. Seis años más tarde, la ley Harrison fue aprobada en los Estados Unidos, regulando la importación, distribución y consumo de opiáceos y cocaína en la metrópoli.

De forma adicional, la religión venció en términos propagandísticos y consiguió imponer su moral, institucionalizando la idea de la búsqueda de placer como crimen. Para las autoridades religiosas a vida es un regalo divino y toda acción que ponga en peligro este privilegio entra dentro de la categoría de conductas pecaminosas, más aún si en el proceso se obtiene placer (esta vida no es para disfrutar, para eso está el más allá).

Sin embargo, los legisladores en busca de inspiración religiosa deberían reconsiderar sus argumentos. Ray Comfort, uno de los más ridículos exponentes del creacionismo norteamericano, explicaba cómo se podría demostrar la teoría del diseño inteligente con un simple plátano. El señor Comfort afirma que “Dios creó esta fabulosa fruta con la forma precisa para que pudiéramos sujetarla con una mano y pelarla con la otra” (ignorando completamente que los plátanos silvestres son como higos ligeramente alargados).

Si es que fuimos diseñados por un ser inteligente con poderes sobrenaturales, el hecho de que nuestros órganos sexuales se encuentren al alcance de la mano o de que gran cantidad de plantas contengan alcaloides de estructura química similar a ciertos neurotransmisores, que además generan placer, parecen indicar que ese ser todopoderoso, en caso de que exista, quiere que nos lo pasemos bien en esta vida.

Busquen, comparen, pero sobre todo, piensen por si mismos.

Bibliografía:

Foster, Anne L. “Opium, the United States and the civilizing mission in colonial southeast Asia.” Social History of Alcohol and Drugs 24 (2010).

Foster, Anne L. “Prohibiting opium in the philippines and the united states.” In Colonial Crucible, edited by Alfred W. McCoy and Francisco A. Scarano. 2009.

Chinese in Northwest America Research Comitte

Escohotado, Antonio. Historia General de las Drogas. ESPASA, 1998.

Share

Comentarios
Una Respuesta a “Políticas de prohibición y estigma (I)”
Trackbacks
¿Qué dice la gente?
  1. […] Los orígenes de la "guerra contras las drogas" […]



Cuéntanos qué te ha parecido

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. CERRAR