Finalmente, PIHKAL y TIHKAL en español

El título de la entrada lo dice todo.

Los dos libros autobiográficos del matrimonio Shulgin (PIHKAL y TIHKAL) han sido finalmente traducidos al español y pueden reservarse ya a través de la página de la Editorial Manuscritos.

PIHKAL y TIHKAL

Y mientras esperamos a que se abra el plazo de reserva, aquí tenéis un extracto de uno de los capítulos escritos por nuestra querida Ann, la cual, por cierto, también ha escrito una dedicatoria para las traducciones al español.

 

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Capítulo 12 TiHKAL. La leona y el lugar secreto

(Habla Alice)

Hace ya algún tiempo desde que tuve mi primera pesadilla.

Había oído hablar vagamente de las alucinaciones «hipnagógicas», pero en absoluto había oído hablar de las alucinaciones «hipnopómpicas». La primera expresión se utiliza para describir un estado en el que uno se encuentra en tránsito entre la vigilia y el sueño y, como ocurre normalmente, se pierde el control sobre el propio cuerpo, pero por razones desconocidas, la mente va a la zaga del cuerpo en el descenso hacia ese particular estado alterado de consciencia conocido como sueño. La segunda expresión, «hipnopompia», es un estado similar experimentado en el proceso de despertar.

[…] Una noche, yo había metido a mi bebé en la cama de su pequeña habitación en el piso de arriba, y estaba acomodándome en el sofá del salón con un libro de la biblioteca, cuando mi madre llamó por teléfono. Después de intercambiar novedades sobre la familia y hablar durante un rato, ella mencionó que, por razones que no puedo recordar, estaba memorizando el Salmo 121, que comienza así: «Alzaré mis ojos a los montes, de donde vendrá mi socorro». Después de desearnos buenas noches, abrí mi vieja Biblia para leer el salmo, y decidí que me gustaba lo suficiente como para tratar de memorizarlo, algo que hacía a menudo en aquellos días con los poemas que me gustaban especialmente.

Esa noche, mientras yacía en mi cama, reposando boca arriba en la oscuridad y con mi mente vagando a la deriva, reparé en un sonido procedente de la puerta entreabierta del dormitorio. Era un sonido chirriante de pasos sobre los escalones de madera, y un susurro furtivo de prendas de vestir, y supe que había un grupo de criaturas en las escaleras con aspecto similar al de los enanos de los cuentos de hadas: cuerpos pequeños, gruesos, vestidos con harapos y gorros oscuros. Podía verlos en mi mente. Se movían lentamente a hurtadillas por las escaleras, y tenían la intención de entrar en mi habitación. De alguna manera, sabía que su objetivo era bastante simple: aterrorizarme. Les encantaba asustar a los seres humanos. Y ellos sabían que yo me encontraba desvalida.

[…] Mientras yacía allí, mi corazón latía con tanta fuerza que amenazaba con ensordecerme. Sabía que el primero de los intrusos ya se encontraba atravesando la puerta, y el resto del grupo le seguía cada vez más cerca, riendo en silencio ante mi pánico. Entonces, las palabras del salmo que había estado leyendo volvieron a mi mente, y me concentré en ellas, repitiendo con lentitud y claridad en mi cabeza: «Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra». De repente, volví a tener control sobre mis ojos, que se abrieron de un chasquido, y pude mover mi cabeza, y luego mis manos. Respiré aliviada por haber recuperado el control de mi cuerpo, flexioné mis dedos y sonreí al techo. Entonces me di cuenta de que todavía podía escuchar el sonido susurrante. Estaba completamente despierta, y al girar mi cabeza pude ver el suelo vacío, pero ese sonido amenazante se mantuvo en mis oídos, desvaneciéndose lentamente, durante al menos diez segundos.

Me levanté y bajé a preparar un té caliente. Estuve sentada en el sofá con mi taza de té y un cigarrillo durante un rato. […] Acurruqué los pies bajo mi cuerpo y envolví con mis dedos el calor reconfortante de la taza.

Al menos he descubierto algo de inmenso valor: si vuelvo a quedarme bloqueada en esa región, ese lugar extraño, de nuevo, todo lo que tengo que hacer es enfocar mi atención en una serie de palabras —palabras que tengan un significado especial para mí—. El padrenuestro, o un salmo, como esta noche. Ese enfoque de la mente me devuelve de nuevo el control, y puedo abrir los ojos.

Durante mucho tiempo, no tuve más sueños de ese tipo. Esto lo atribuí —cuando me dedicaba a pensar en ello— al hecho de que sabía cómo detener la parálisis, y a que aquellas criaturas enanas sabían que conocía el secreto y que no estaría tan asustada de ellas la próxima vez.

 

Luego, a finales de la década de 1950, tuve una serie de pesadillas durante tres noches consecutivas.

[…] La noche de la primera pesadilla me encontraba de nuevo en estado de alerta, consciente del hecho de que acababa de deslizarme fuera de mi cuerpo y que no podía controlar ninguna parte del mismo, pero aparentemente me había estancado de camino al sueño. Y algo se abalanzaba sobre mí. Me vi a mí misma de pie sobre el tejado de un edificio alto, mirando con horror cómo una cara monstruosa del tamaño de una casa ascendía por la pared exterior. Su inmensa boca, llena de dientes podridos, se abría de par en par. Sus ojos cerrados parecían estar tratando de olerme. (Mucho más tarde, me encontré con la famosa pintura de Goya, «Saturno devorando a un hijo», y me estremecí ante su semejanza). Mientras todo esto sucedía, yo trataba de abrir los ojos, recordando vagamente que se suponía que debía concentrarme en palabras mágicas, enfocarme en ellas, excluyendo todo lo demás.

 

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No podía ver la salida, pero logré correr detrás de una caja cuadrada de metal, o algún tipo de respiradero, bien lejos del alcance de aquella criatura ciegamente escrutadora. Finalmente, pareció cansarse de la búsqueda y comenzó a reptar hacia abajo, descendiendo hacia la calle. Yo sabía que aún no estaba a salvo, la atmósfera todavía se mostraba densa y amenazante, y fue entonces cuando me recompuse lo suficiente para empezar a recitar el padrenuestro. En unos pocos segundos, conseguí abrir los ojos, y el horror había concluido.

La noche siguiente, sucedió de nuevo. Me encontraba suspendida, apenas fuera de mi cuerpo, incapaz de quedarme dormida o de abrir los ojos. Estaba sobre un tejado de nuevo, pero esta vez algo venía a por mí desde el cielo: pájaros. Pájaros negros, una oleada tras otra, planeando a baja altura sobre mi cabeza. Sabía que eran aves de la muerte; no presagios, sino personificaciones reales de la muerte. Los reconocí como los pájaros que vuelan sobre el campo en la última pintura de Van Gogh, la que terminó justo antes de suicidarse.

Intenté actuar como antes, tratando de abrir los ojos o mover un dedo, para reafirmar el control sobre alguna parte de mi cuerpo, mientras que los malévolos pájaros volaban cada vez más cerca de mi cabeza. Hice todo lo posible para ignorar el aterrador golpeteo de mi corazón, y me concentré en recordar las palabras del padrenuestro, pero lo que venía a mi mente en su lugar era el dulce y familiar «El Señor es mi pastor; nada me falta», y de repente estaba despierta.

[…] La tercera noche, ahí estaba yo, incapaz de moverme, incapaz de abrir los ojos, completamente indefensa sobre mi cama, y esta vez el ataque era más directo, y no se trataba de un mundo onírico en absoluto. Estaba tumbada boca arriba, y a mi izquierda, encaramadas al borde de la cama, había entidades —sabía que eran tres— y estaban haciendo algo que parecía ridículo: estaban soplándome aire. Una soplaba una ráfaga de aire en mi cara, mientras que las otras soplaban sobre la piel de mi brazo, entonces paraban para hacer una breve pausa, y volvían a hacerlo de nuevo, vigilándome.

[…] El miedo, esa noche, se mezcló con la ira, y yo traté de enfocar mi pensamiento en algunas palabras que me sacaran de nuevo de ese estado, pero esta vez, algo completamente nuevo y sorprendente sucedió. Sentí que mis músculos del cuello se ponían rígidos, y mi cabeza se movía hacia atrás en la almohada. Mi garganta se abrió, y de ella surgió un rugido procedente de lo más profundo de mi plexo solar; iba dirigido a las criaturas, y siguió saliendo una y otra vez. En ese rugido no había miedo en absoluto, sólo furia asesina. No era un sonido humano, pero transmitía un mensaje inconfundible: «¡Salid de aquí, u os despellejo vivos! ¡FUERA!».

(Más tarde, comparé la forma en que me había sentido con el hecho de ser una leona dentro de una cueva con sus cachorros, rugiendo hacia un par de pequeños monos que habían estado molestándonos a la entrada de la cueva).

Los visitantes de mi cama se esfumaron. Mis músculos del cuello gradualmente se relajaron, y el animal en que me había convertido se fue desvaneciendo poco a poco, aunque su satisfacción persistió durante un buen rato.

 

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Transcurrirían casi cuatro décadas antes de que empezara a entender a esa leona interior, y a sus equivalentes —el gorila, el lobo, el jaguar—, dentro de cada ser humano, y al nuevo tipo de psicoterapia que sabría qué hacer con esa parte de nosotros.

[…] A día de hoy, no he tenido más sueños de muerte o pesadillas de ese estilo, ni uno solo. […] Creo que es porque una parte desconocida de mí misma activó mi propio exterminador de autodefensa, mi bestia aliada en la profunda cueva interior del inconsciente, y sé que puedo conseguir su ayuda de inmediato, en caso de ataque. Puede que no siempre tome la forma de una leona, pero eso no es importante; saber que constituye mi poderoso aliado, totalmente leal, sí que lo es. Cuando me convertí en terapeuta, por un tiempo, más de veinte años después, llegué a llamar a esta parte de la psique humana el Superviviente. Otros lo llaman el Animal de Poder. Es un aspecto del Lado Oscuro del ser humano, o la Sombra, que existe únicamente para la protección de su huésped.

Y los atacantes, las entidades a las que les gusta aterrorizar, ¿qué he concluido que son —o eran? Hasta que tenga evidencia de lo contrario, voy a tener que considerarlos como aspectos de mi propia psique inconsciente, tal vez imágenes simbólicas de cosas que odio y temo. Si, en verdad, surgieron realmente de algún sitio fuera de mi propio interior, puede que fueran «elementales», seres que habitan en un mundo por lo general invisible de espíritus de la naturaleza, visible de vez en cuando para los niños pequeños y los habitantes de Irlanda. Quizás estén enfurecidos ante la ruina de gran parte del planeta, y tienen ocasión de vengarse sólo cuando alguien de mi especie se atasca en algún lugar de camino al sueño. O fuera de él. Pero no me atrevo a pensar en la idea de que los espíritus de la naturaleza sean malignos, por ningún motivo; puede que estén tristes, pero no que sean maliciosos y sádicos. Así que, por ahora, voy a decir que no eran espíritus de la naturaleza. Hasta que alguien me convenza de lo contrario.

Recientemente, he llegado a sospechar que toda la serie de pesadillas fue un ardid, orquestado por mi propia psique para dirigir mi inconsciente hacia la activación de la Bestia-Superviviente; para llegar a conocer y reconocerlo como el aliado que se supone que es. En un capítulo posterior, El Intensivo, hablaré más sobre este tema.

 

 

 

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