Kalashnikov: el open source de la identidad revolucionaria

“Culpad al nazismo alemán por haberme convertido en un diseñador de armas. Yo siempre quise construir maquinaria agrícola”

Mikhail Kalashnikov

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En todo conflicto armado, en toda revolución, en toda disputa que observamos más allá de nuestras fronteras y que vemos como lejana, un rifle automático con agarraderas de madera aparece. Para muchos, el AK-47 es el único nombre de este tipo de aparatos que conocemos, y lo reconocemos fácilmente en las manos de cada guerrilla y contra cada gobierno derrocado en África, Asia o Sudamérica.

Más allá de verla como un arma barata o la máxima radicalización de un feudalismo contemporáneo de destrucción masiva, el Kalashnikov está en nuestro ideario colectivo como un elemento revolucionario que aparece en carteles, canciones y camisetas llamando a la rebeldía, desde Euskadi a Irán pasando por cualquier chaval de la izquierda subversiva que busque darse aires realmente revolucionarios pese a que su, más que segura, extracción de las clases indiferentes no le permita poner en peligro sus asignaturas de este febrero.

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Los medios de comunicación de masas, probablemente, han construido esa visión del viejo fusil AK-47 como una herramienta barata. Así justifican su aparición en nuestro imaginario colectivo, así, se vuelve barato equipar a milicias destinadas a sembrar el caos en la población pagadas por aquellos que han capturado la fuerza y voluntad de sus vecinos para enfocarla hacia sus propios intereses maniqueos desestabilizadores del orden.

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Quizá sea ese potencial para desestabilizar el orden el que hace que aquellos que sentimos nuestra identidad como revolucionaria desde los sillones de nuestras casas queramos interpretar al Kalashnikov como la democratización del ejercicio del poder por parte de un individuo cansado de que la fuerza sea ejercida siempre en su contra. Un individuo con un arma versátil, práctica y fácil de cuidar, que utiliza el estándar de munición que todo revolucionario guarda en su guantera y que transfiere el monopolio de la fuerza del gobierno a todos y cada uno de los individuos.

El Avtomat Kaláshnikova modelo 1947 es un rifle para un uso urbano. Corto alcance y baja precisión que compensa las bajas habilidades de un tirador poco experto con balas grandes, potencia y la posibilidad de vaciar el cargador de un solo golpe de gatillo. Y la revolución no es un campo de batalla. Toda revolución es un conflicto ideológico donde es la identidad personal y colectiva es la que dispara. Y las batallas ideológicas son batallas de distancias cortas, donde se apunta desde la rabia y el miedo a la vuelta a una esquina. En la identidad revolucionaria no hay morteros que disparar contra caras anónimas, sino cabezas conocidas que cortar. Una revolución esta marcada porque la imagen que se transmite es  la de una lucha realizada por individuos ajenos, que salen de su oficio y su profesión para sangrar por lo que creen. Aparentemente un combate contra la profesionalidad, tanto de la política como del cuerpo armado que se la da. Sin embargo, así son todas las guerras. Las niñas empuñando AKs portan una falsa épica.

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Aquellos que recibieron un balazo en el culo en el Vietnam no era de un AK-47 fabricado por humildes, tristes y hambrientos obreros soviéticos. Venían de un Chinese Type 56, una copia del Kalashnikov fabricada en China y modificada para que fuese todavía más barata. Y eso colocó en todas las televisiones de EE.UU. y en nuestro imaginario esa culata de madera que disparaba a las tropas del imperio desde todos los conflictos del planeta.

Por ello, lo verdaderamente característico, la auténtica revolución, es que los planos de la AK-47 fueron entregados para ser fabricados allá donde fueran necesarios. Como la desmotadora de algodón. El AK-47 es el Fusil Open Source. Un modelo destinado a ser fabricado, fácilmente modificado y adaptado por aquel que lo necesitase. Lo verdaderamente revolucionario es aceptar que el Kalashnikov es una copia de si mismo. Un diseño que ni hizo rico a su fabricante ni salió de Izhevsk, la fábrica de la corporación que lo diseño. Pero sirvió para cumplir su objetivo de diseño: dar y quitar el poder, aunque, claro, según la libre interpretación del que acciona el gatillo y del que acciona la cabeza del que acciona el gatillo.

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La idea detrás del concepto del conocimiento libre -o, de forma más diluida, open source– es que una idea no se puede parar y no se le pueden imponer restricciones, y que mientras esa idea sea transparente y fácilmente reproducible, más se habrá aprovechado el esfuerzo empleado para construirla. La transparencia total, el mostrar cómo algo se hace, permite la comprensión sincera y la reproducción de la idea, su exaltación o su adaptación a las necesidades personales.

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Lo open source, frente a lo industrial y masivo, es aquello que está dispuesto para que cada uno lo copie y readapte a sus necesidades y convierte al diseño en una ciencia acumulativa. Pero, paradigmáticamente, la mayor parte de las veces, esa idea será usada tal cual por usuarios que son meros consumidores genéricos que se conforman con un producto masivo. Por ello, lo que hizo famoso al producto de este ingeniero ruso que liberó los planos fruto de su trabajo, ha sido la gran cantidad de fusiles fabricados masivamente por estados totalitarios y empleados en conflictos áltamente manipulados, primero por el comunismo, hoy por las corporaciones detrás de los recursos en Asia y África.

Pero el open source triunfó. Y no porque cada uno fabriquemos y reeditemos una copia del AK-47 en nuestras casas previendo la lucha identitaria. Sino que es su forma la que imaginamos cuando pensamos en un arma representativa contra la opresión que cada uno siente. El formar parte de nuestro cultura popular le ha permitido entrar a formar parte de la creación artística, la cartelística, la ironía, la mofa y la rebelión de las mentes. Todo es una copia, correción y adaptación. La evolución es un mecanismo de copia y error.

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Dejadnos copiar y el poder distribuido que supone poder emplear las herramientas y las ideas libremente generará muchas cosas, muchas que no somos capaces de imaginar, muchos mundos nuevos y la posibilidad de elegir en el que vivir. Y no símplemente un futuro mejor que nos otorguen.

El viejo Mikhail Kalashnikov quiso ser un ingeniero agrícola. No provengo de esa izquierda que cree que la redención vendrá con la vuelta al cultivo de la tierra, igual que no me gusta la idea de empuñar un arma, pero imaginad por un momento que hubiese ocurrido si el AK-47 fuese un tractor universal, versátil, barato, cuyo uso no requiriese un gran conocimiento técnico y cuyos repuestos fuesen fácilmente accesibles o fabricables localmente. Pues sí, lo que ocurriría es que nadie llevaría una camiseta con un tractor.

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