Alcohol, una historia de amor y odio


La fermentación del jugo de la uva para la producción de vino es un proceso casi tan antiguo como la propia civilización humana y forma una parte importante de la cultura occidental judeo-cristiana desde tiempos inmemoriales. Se tiene constancia de esta práctica desde el año 5400 A.C. y existen referencias al consumo del vino en textos egipcios, griegos y hasta en la Biblia, que cuenta con innumerables alusiones a dicha sustancia, desde la borrachera de Noé con la primera viña que plantó tras el Diluvio hasta lo que es, según el Evangelio de Juan, el primer milagro de Jesucristo, la transmutación del agua en vino en las bodas de Caná (y Jesús dijo: hágase el alcohol). Esta relación quedó finalmente instaurada cuando el mismísimo hijo de Dios consagró el vino como símbolo de su sangre en la ceremonia de la Última Cena, lo que determinó que el vino se convirtiera en la única sustancia sacramental de la religión cristiana, si excluimos otras teorías que hablan de posibles referencias a la marihuana o a la Amanita Muscaria en textos bíblicos (teorías que me gustaría tratar en otro artículo). Para incrementar la controversia, algunos expertos en mitología comparada han propuesto la teoría de que la figura de Jesuscristo se encuentra parcialmente basada en la deida grieda del vino representada por Dioniso [1], pero de nuevo, este es otro cantar.

Desgraciadamente, el resto de sustancias psicoactivas no han gozado de la misma simpatía que el alcohol a los ojos de la religión cristiana. La iglesia católica romana siempre se ha considerado la única entidad legítima con potestad para ejercer de intermediaria entre la divinidad y el individuo y sólo algunos elegidos pueden formar parte de la experiencia mística tras pasar por un largo proceso de ayuno, meditación y/o ascetismo. Por tanto, y como viene siendo habitual dentro del caracter fagocitario del cristianismo, el resto de sustancias psicoactivas (que ya gozaban de un caracter místico-religioso por razones obvias antes de la consolidación del cristianismo como religión dominante en Europa) fueron asociadas a cultos demoníacos y de esta forma se justificó la persecución de todo aquel que hiciera uso de las mismas. Existen algunos ejemplos bastante evidentes de esta persecución farmacológica, como la clausura de los ritos eleusinos en el año 392 d.c. por el emperador romano Teodosio I o la relación entre la brujería y el estramonio (que casualmente es también conocido como “hierba del diablo”).

De este modo, el consumo de alcohol ha sido implantado en la sociedad occidental como una práctica social (lo que algunos han denominado consumo “mediterráneo”) y recreativa en un aspecto más festivo (consumo “nórdico”) por sus propiedades desinhibidoras y sedantes sobre el sistema nervioso central que varían de forma significativa dependiendo de la dosis, del propio consumidor, su estado de ánimo y el ambiente en el que se consuma (lo que podríamos llamar el “set and setting” del alcohol”).

 

Pero, ¿qué es exactamente el alcohol y qué diferencias existen entre las bebidas alcohólicas?

Durante la fermentación alcohólica de bebidas de contenido azucarado, los hidratos de carbono son consumidos por cierto tipo de bacterias para generar como residuo, dióxido de carbono y etanol, la sustancia responsable de los efectos embriagantes de este tipo de bebidas. Cuando la concentración de alcohol alcanza un nivel de aproximadamente 14% en volumen, el propio etanol impide la proliferación de las bacterias responsables de la fermentación, limitando la graduación de las bebidas que se pueden obtener por este proceso. Para conseguir bebidas con una concentración de alcohol mayor es necesario un proceso de destilado. Los diferentes tipos de sustancias de partida y las diferentes concentraciones que se pueden obtener mediante destilación hacen posible la existencia de una gran variedad de bebidas alcohólicas diferentes. De forma adicional, la sustancia base que se utilice para el proceso de fermentado determinará muchas de las características finales del producto, desde las propiedades organolépticas hasta los niveles de congéneres, sustancias que parecen influir notablemente en el grado de resaca que cada tipo de bebida produce.

 

Entonces, ¿es el alcohol una droga?

Según la Organización Mundial de la Salud, una droga es toda sustancia que, una vez introducida en el organismo por cualquier vía de administración, puede alterar de algún modo el sistema nervioso central del individuo que las consume. Según esta definición y como parecerá evidente para muchos, el alcohol es una droga. Pero la palabra “droga” es una expresión con muchas connotaciones negativas y que hace referencia a un concepto bastante vago, abarcando a toda una serie de sustancias con efectos bioquímicos y fisiológicos muy diferentes.

Mucha gente asume el caracter psicoactivo del alcohol pero nadie considera ser un usuario de drogas al beberse una cerveza (la gente de bien no consume drogas, tus abuelos y tus padres no toman drogas, etc). Otra gente pensará que el alcohol es una droga “blanda” y que eso mismo justifica su condición legal, pero algunos estudios se inclinan por considerar al alcohol como una sustancia de peligrosidad media tanto para el usuario como para la gente del entorno del mismo, alcanzando una posición por encima de otras sustancias como la LSD, el cánnabis o el éxtasis [2]. La ignorancia y/o la negación generalizada a la hora de relativizar los efectos del alcohol con respecto a otras sustancias nos ha llevado a generar una idea errónea y parcial sobre el concepto de “droga”, que queda ilustrada perfectamente en una de mis frases favoritas de Trainspotting:

“Jamás envenenaría mi organismo con esa mierda”.- Decía el personaje de Begbie haciendo referencia a la heroína mientras se bebía una jarra de cerveza. “Todo es puta química, no jodas”.

 

Haciendo uso de una versión modificada de uno de los principios toxicológicos del médico suizo Paracelso, “No hay malas sustancias, sino malos usuarios”. Y es que al igual que le ocurría a Begbie, existe mucha ignorancia sobre los efectos reales de las drogas. La importancia de disponer de información fiable e imparcial sobre el alcohol y el resto de sustancias psicoactivas radica en que es primordial disponer de este tipo de información para realizar un consumo adecuado de estas sustancuas en caso de que se decida hacer uso de las mismas. La postura oficial de dificultar el acceso a todo tipo de información relacionada con las drogas por miedo a promover su consumo sólo lleva a la ignorancia y a la temeridad a la hora del consumo.

 

¿Cómo afecta el alcohol a nuestro cerebro?

Hasta hace relativamente poco se desconocía el mecanismo de acción del etanol sobre el cerebro, los efectos del alcohol se achacaban a la reacción entre el mismo y los lípidos que componen la membrana celular de las neuronas, lo que se suponía que afectaba al intercambio de información entre las diferentes áreas cerebrales. Sin embargo, nuevos avances científicos nos han llevado a la conclusión de que los efectos del alcohol se deben, principalmente, a los cambios que esta sustancia produce en los niveles de los neurotransmisores GABA o ácido gamma-aminobutírico (de efectos inhibidores) y glutamato (de efectos excitatorios).

Una vez que el etanol alcanza el cerebro, se produce una reducción de la actividad de los receptores NMDA para segregar glutamato [3], lo que provoca una reducción de la concentración de esta molécula y por tanto, una respuesta más lenta del sistema ante cualquier tipo de estímulo. Este efecto se ve amplificado por la capacidad del etanol de aumentar la producción del neurotransmisor GABA [4]. Este neurotransmisor se encarga de reducir la actividad neuronal de ciertas areas cerebrales mediante la apertura de los canales iónicos cloruro, lo que se traduce en una disminución de la diferencia de potencial entre el interior y el exterior de la célula y por tanto, una señal eléctrica entre neuronas más amortiguada. El resultado combinado de estos dos factores se traduce en sedación, relajación muscular e inhibición de las habilidades cognitivas y motoras. De forma adicional, el alcohol también aumenta los niveles cerebrales de dopamina [5], sustancia que influye en el circuito de recompensa del cerebro.

Al igual que ocurre con otras sustancias psicoactivas, el consumo de alcohol está asociado con ciertos patrones de automedicación. Varios estudios científicos apuntan a que entre los efectos psicológicos más notables del alcohol se encuentran la reducción del pánico y de la ansiedad producto del mismo [5], lo que explicaría la deshinbición que se manifiesta durante los estados de ebriedad etílica y lo que también justificaría la elevada proporción de casos de alcoholismo en individuos que sufren trastornos de ansiedad y estrés.

Como muchas de las sustancias psicoactivas y de los medicamentos en general, el alcohol presenta tanto efectos positivos como negativos, tanto física como socialmente.

  • El consumo habitual de dósis moderadas de alcohol parece ejercer efectos preventivos ante problemas circulatorios como la isquemia cerebral [6] mientras que el consumo continuado de dósis elevadas produce un efecto completamente contrario, elevando el riesgo de enfermedades coronarias.
  • Cómo hemos explicado anteriormente, el consumo de alcohol reduce la sensación de pánico y ansiedad, lo que genera desinhibición y reducción del estrés, pero en dósis elevadas, el aumento de los niveles de dopamina reduce el control de los impulsos racionales del cerebro, lo que en conjunto con el deterioro de la función cognitiva producida por la disminución de los niveles de glutamato dificulta la habilidad para encontrar soluciones no-violentas ante situaciones difíciles. Curiosamente, la relación entre consumo de alcohol y los actos de violencia parece manifestarse de forma similar tanto en hombres como en mujeres [7], pero como ya hemos apuntado con anterioridad, el hecho de que exista correlación dentro de la muestra de estudio del experimento no prueba que estos datos puedan extrapolarse para la totalidad de la población.
  • A pesar de lo que muchos puedan pensar, el alcohol no es un afrodisiaco. Su consumo puede llevar a la desinhibición, pero no ayuda ni facilita el sexo. De hecho elevados niveles de alcohol pueden producir disfunción erectil y reducción de la líbido. Como dijo Shakespeare “[el alcohol] provoca el deseo pero frustra la ejecución”.

 

Finalmente, ¿cuál sería la conclusión y las implicaciones de todo esto?

La conclusión es muy sencilla, el alcohol es una droga. Muy bien, ahora analicemos las consecuencias que se derivan de esta premisa:

  • Se podría decir que la etiqueta de “droga” resulta un poco desfasada y genérica para una cultura que cuenta con cientos de categorias diferentes para cada subgénero de música.
  • Por otro lado, en la sociedad occidental existe de forma clara y evidente una doble moral con respecto a las drogas que se manifiesta en forma de tolerancia hacia el uso e incluso el abuso de algunas sustancias mientras el resto son prohibidas hasta el punto de convertirse en verdaderos tabúes sociales. Ante esta situación se nos presentan varias opciones que deberíamos comenzar a considerar para tratar en condiciones de equidad relativa todas las drogas, es realmente preciso generar debate sobre cual es el camino que nuestra sociedad debería tomar al respecto, ya sea la despenalización con o sin control de la distribución de estas sustancias por parte del estado (como ocurre con el alcohol en países como Canadá) o el retorno de la completa prohibición de las drogas (me gustaría ver la cara de más de uno si se implantara en España la ley seca, pero al menos de este modo el discuros general sería más coherente).

 

 

 

 

Notas y referencias:

[1] “A Short Introduction to Classical Myth”, Barry B. Powell (2002); “Studies in Early Christology”, Martin Hengel, (2005).

[2] “Development of a rational scale to assess the harm of drugs of potential misuse”, David Nutt, Leslie A King, William Saulsbury, Colin Blakemore (2007).

[3] “Increased glutamatergic neurotransmission and oxidative stress after alcohol, withdrawal”. Tsai, G.E., y col. (1998) American Journal of Psychiatry 155: 726-732.

[4] “Principles of Neuropsychopharmacology.” Feldman, R.S., Meyer, J.S. y Quenzer, L.F. (1997).

[5] “Psychological stress and rewarding effect of alcohol” Matsuzawa, S. y Suzuki, T. (2002).

[6] “The protective effect of moderate alcohol consumption on ischemic stroke.” Sacco, R.L. y col. (1999).

[7] “Gender differences in the association of alcohol intoxication and illicit drug abuse among persons arrested for violent and property offenses.” Martin, S.E. y Bryant, K. (2001).

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  1. […] ya dos semanas Antonio publicó un artículo que pretendía juzgar cómo la moralidad implicita y las costumbres de una sociedad condicionan la aceptación o estigmatizació… sobre las otras para pasar a observar el alcohol como una sustancia cualquiera […]

  2. […] sustancia, a la que ya dedicamos un artículo, se obtiene por medio de la fermentación de azúcares simples a través de un proceso químico […]



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